viernes, 23 de febrero de 2018

EPILOGO. CANTO LII:



Postrada bajo la colcha,
En el lecho acurrucada,
Espera tranquila la barca
Que ha de llevarla consigo.

Oye voces que la nombran
Desde el lejano infinito,
Palabras dulces, palabras
Cargadas de amor y cariño.

Acaso sueña que baila,
Que juega con otros niños,
Que alegre salta a la comba,
Que corre por Villaobispo.

Nadie sabe lo que pasa
Por su mente en estas horas.
Nadie sabe si en la alcoba
Se encuentra como en el limbo.

Tal vez sienta lo vivido
Como irreal o fingido.
Tal vez olvide su historia
Como si no hubiera existido.

El vacío se ahonda
Y borra todo lo habido.
¿Qué queda de aquellas cosas
Por las que tanto sufrimos?

Quizá sueñe con la aurora,
Con un sol claro y distinto
Que le ilumine el camino
Despejándolo de sombras.

Los sentimientos se agolpan
Sobre las represas del alma
Y sienten los que allí aguardan
Que el cielo se desmorona.

Ya no le pesa el destino.
Se está acabando la obra.
La luz se apaga en sus córneas.
El drama ya está cumplido.

El manantial de las lágrimas
Por los ojos se desborda
Como un río de lava
Que el volcán del pecho aborta.

La muerte no se razona.
Se siente como una llama
Que calcina cuanto toca.

Ya nada será lo mismo.
El globo gira en su órbita
Impasible a nuestras cosas.
Todo resulta distinto.

Aquí deja esposo e hijos,
Madre, hermanos y sobrinos,
Y amigos, que callan y lloran
Sin comprender lo que ha sido.

(Angel González Fernández)

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